30.10.06

Cartelera Otoñal: lo raro, el futuro y Scorsese

Otoño no trae de momento, para decepción de los románticos, nubes, bosques amarillentos ni cambio de ropa, pero consuela con una cartelera a la que casi no se puede dar abasto (a los que les sobren tiempo y sobre todo dinero, enhorabuena; yo en cambio tengo que recurrir a sesiones 2x1, esto es, pago y veo una película y acto seguido me cuelo en otra, haciendo uso de mi ¿gran talento? para el disimulo y despiste del personal; ilegal, pero…¿acaso no es el cine para los rebeldes?)
Pequeña Miss Sunshine es una de esas pocas comedias pero cada vez más de moda (en la línea de Los Tenenbaum, por ejemplo) sobre una familia norteamericana desquiciada con la que se contraataca a la repelente familia norteamericana feliz. Personajes: abuelo cocainómano, adolescente que ha decidido no hablar y sólo lee a Nietzsche, padre fracasado obsesionado con el éxito, y niña barrigona decidida a ganar un concurso de belleza infantil lleno de niñas-esperpento que juegan a ser adultas top models. Género: una road movie con toques de humor negro y un guión lúcido en el que pierde la insensatez de la realidad tópica de pastel de cumpleaños y gana la humanidad de lo raro y problemático, tan cercano al fin y al cabo.
Hijos de los hombres plantea una idea perversa: un futuro en el que las mujeres no pueden concebir, y en el que el ser humano vivo más joven cuenta con 18 años. Londres, una de las pocas ciudades que aún funcionan, está asolada por el terrorismo, y en medio de un caos estremecedor aparece una llave a la esperanza, una mujer inmigrante embarazada de ocho meses. Las posibilidades que este hallazgo plantea son claras, la redención puede estar a un paso, pero en este contexto la semilla para una nueva humanidad es también un instrumento de poder deseable que puede desbaratar el milagro…La película de Alfonso Cuarón es verosímil gracias a una puesta en escena que no recuerda a la ciencia ficción y el futurismo, sino a cualquier guerra contemporánea y a conflictos que hoy por hoy ocupan los periódicos, con lo que consigue una capacidad de sugestión y concienciación en el espectador muy poderosa.
Infiltrados es el gran estreno de la temporada (la vuelta de Scorsese siempre es un acontecimiento para la prensa, y esta vez ha coincidido con la vuelta de otro neoyorquino célebre, Woody Allen, con lo que se suceden los reportajes Scorsese-Allen) Lo mejor es su ritmo rápido y magistral, una dirección que continúa revalidando la celebridad de quien la firma, aunque Infiltrados se acerque más a una película entretenida que a una obra maestra como Casino. Un inteligente juego de espejos e identidades entre dos mundos que tan bien casan en el cine, la mafia (Nicholson simplemente tiene que aparecer en plano para resultar brillante, en éste y en cualquier otro título) y la policía.

21.3.06

Fahrenheit 451

Fahrenheit 451 es, si la memoria no me falla, mi primer libro de ciencia ficción, un género que no consta entre mis preferidos, aunque antepongo el criterio de calidad e innovación a la hora de elegir mi próxima lectura a cualquier género concreto. Soy más de autores que de géneros, pero de cualquier modo lo que estoy experimentando en el presente año de mis 20 años es una voluntad de conocer autores clásicos y libros importantes de la literatura, así que más o menos esta es la forma en que llegué a una de las más populares novelas de Ray Bradbury cuando menos me lo esperaba. Primera conclusión: en 175 páginas me he desprendido del prejuicio de que el género puede condicionar la calidad, esto es, que entre el neorrealismo urbano, por ejemplo, necesariamente encontraré mejores libros que en la ciencia ficción. Sí, lo reconozco, yo lo tenía. Pensaba que en la ciencia ficción el autor se preocuparía mucho más por inventarse aparatos del futuro sorprendentes y fascinantes para freaks de la tecnología que en trazar con buen estilo una trama con contenido. Desde luego en Fahrenheit 451 no ocurre esto: el marco futurista en que se desarrolla la historia es una excusa para hacer válido y verosímil el argumento; una gracia añadida, jugosa pero secundaria. Y el estilo es el propio de un gran autor: Bradbury domina la acción tanto como los sentimientos de su protagonista; el lenguaje es original, rico, tanto como la estructura, y se adecúa con dominio del autor a los personajes y al tiempo de la trama.

Aclaradas mis dudas, voy a lo importante, que es lo interesantísima que resulta la propuesta de Bradbury: en un futuro terrible, los libros son un producto prohibido por el gobierno y que los propios ciudadanos abominan, entregados como están a la diversión y la autosatisfacción inmediatas. Nada de información, nada de preocupaciones, de realidad y poesía que nos disgusten y nos arruinen el día, ése es el empeñó de la gente y al que responde beneficiado el poder. Las casas y edificios son ahora completamente ignífugos, y los bomberos, perdida su primitiva función, son un órgano al servicio del gobierno que quema y hace desaparecer los libros y hogares de los lectores, convertidos en criminales. Entre ese cuerpo de bomberos, Montag, el protagonista, empieza a preguntarse por su labor, cae en el camino sin retorno de la duda, abre los ojos, y se rebela. Para ello contará con la ayuda de un pequeño grupo de personajes marginales que le infundirá las esperanzas de, quizá, conseguir cambiar algo..
La novela es una reflexión sin desperdicio sobre los errores constantes de la humanidad, como la guerra, que aparece en Fahrenheit, frente al conocimiento y el recuerdo que ofrecen los libros; sobre la sociedad de la tecnología y la imagen frente a los beneficios de la verdadera comunicación. Un alegato humilde, nada pretencioso y acertadísimo de freno y vuelta a los valores humanizantes, a la amistad, la palabra, la naturaleza..., que recomiendo con ganas por lo dicho: genial contenido y continente en un género que prometo tener más en cuenta.

Para interesados: "Fahrenheit 451", Ray Bradbury (no llega a 7 euros en "Debolsillo") Y más Bradbury en "Zen en el arte de escribir", en la que habla de sí mismo y de la gestación de sus obras ("Minotauro")

16.2.06

Buenas noches, y, sobre todo, buena suerte

Los medios de comunicación, en especial la televisión, se plantearon en clave comercial y privada en los EE. UU. desde su nacimiento, aunque sin desvincularlos de una voluntad de servicio público, algo que en Europa tardó más en llegar. A muchos espectadores de ‘Buenas noches, y buena suerte’ les sorprenderá cuán de actualidad es el problema planteado en la película, cuán transferible es el debate sobre la libertad e independencia de los periodistas frente a los intereses económicos y políticos que mueven los hilos de los grandes grupos, pero el conflicto es consustancial al medio desde su origen. Los medios privados, como insisto lo han sido en EE. UU. desde siempre, tienen dos funciones: la de servicio público y la de entretenimiento, ocio y espectáculo, al contrario que los medios de titularidad pública, a los que en principio sólo se les debe exigir la primera. Esa doble finalidad, ejemplarizada en el seno de la mítica CBS, está muy bien reproducida en la última de Clooney. Un grupo de valientes periodistas (o simplemente: un grupo de periodistas que sienten que deben actuar como tales) encabezados por el también popular Ed Murrow, plantan cara a las presiones políticas, igual de fuertes pero quizá más temibles por el momento histórico en el que actuaban, y emiten varios reportajes poniendo en clara duda las actividades y métodos del senador McCarthy en su “caza de brujas”. Se arriesgan y consiguen grandes resultados, aunque tengan que pagar cierto precio, porque ningún gran poder mueve ficha sin dar algo a cambio, pero eso ya lo descubriréis en la película…
La censura sobrevuela cada mínimo movimiento de los periodistas a lo largo de la película, como una maza que puede acabar con todo en cualquier momento, y si eso no ocurre es, además y en primerísimo lugar del firme compromiso con la verdad de los periodistas, gracias al director de la cadena, cómplice de esa misma responsabilidad para con sus trabajadores y para con la audiencia. El resultado de todo ello es un alegato entusiasta a favor de la libertad de expresión y de la dignidad de la profesión y la televisión (y no puedo dejar de hacer una especial mención a dos cosas: las lúcidas y emocionantes locuciones a cámara de Murrow; y el valor documental del film, con imágenes de archivo reales)
Hoy los términos en que se plantea el debate son los mismos, pero aumentan los males y las incertidumbres. Priman más que nunca los intereses económicos. Desde los 80 con Reagan, empezó un camino sin retorno hacia la desregulación y la concentración: los medios se aglutinan bajo el cetro de unos pocos grupos, con lo que tanto los periodistas perdemos en independencia y capacidad de crítica como los espectadores en recibir información plural y de calidad. Ben Bagdikian, en ‘The Media Monopoly’, exponía ya en 1983 que unas cincuenta multinacionales, vinculadas a otras megaempresas y bancos internacionales, controlaban la parte más importante del enorme mercado de la comunicación. En 2003, sólo diez grandes empresas dominaban el sector, y en la actualidad, el número se sigue reduciendo.
El panorama no es bueno, pero tampoco me gusta que se dramatice en exceso (de todas formas, ¿qué no está hoy en día terriblemente amenazado?). Puedo demostrar a quien quiera que cientos de periodistas en todo el mundo siguen sintiendo un gran compromiso con la verdad, y trabajan por ella; que tenemos a nuestro alcance periódicos de gran calidad y que en ellos podemos encontrar cada día espacios de muy buen periodismo, al igual que en muchas emisoras de radio; y que en la televisión, la más enferma, podemos entresacar, si hacemos un buen uso del mando, pequeños espacios útiles, informativos, de buen gusto…y, claro, entretenidos. Estoy convencido de que hay muchos Ed Murrows repartidos por todo el mundo, aunque unos cuantos ogros enormes y feos les hagan sombra. Pongamos todos un poco de luz y los veremos.

14.2.06

Tolerancia


Ángeles Espinosa, toda una autoridad del periodismo español en temas árabes a la que sigo y admiro, escribía hace unos días en EL PAÍS que en realidad el número de iraníes que protesta con violencia por la ofensa de las viñetas de Mahoma es reducido. La periodista, enviada especial para el periódico en la última Guerra de Irak y ahora desplazada a Irán, constata en el artículo que es cierto que una gran mayoría de la población se siente agraviada por unas caricaturas que considera blasfemas, pero que son apenas unos cientos los que han respondido con ataques a las embajadas y demás manifestaciones radicales. A pesar de este tipo de informaciones, o quizá porque no llegan con tanta fuerza como lo hacen las informaciones de violentos disturbios al ciudadano, es común oír estos días en la sociedad ataques e insultos a veces muy agresivos hacia los musulmanes como colectivo homogéneo, cayendo en el error de no distinguir entre fanáticos y entre musulmanes tan pacíficos y respetuosos como nosotros nos enorgullecemos de ser. Le escuché estos días a una analista decir que cada vez hay un mayor distanciamiento entre el islamismo radical y la cultura árabe, milenaria defensora de la paz y la tolerancia entre los pueblos. Nuestra sociedad en cambio no es consciente de esta diferenciación, y lleva el camino de culpabilizar a todos los musulmanes, más y más presentes en los países occidentales, de los comportamientos salvajes que llenan los informativos de todo el mundo. Los medios de comunicación deberían a partir de ahora mismo ofrecer espacios, como el de Ángeles Espinosa en EL PAÍS, en los que se nos permita entender mejor la verdadera naturaleza de los acontecimientos. Es cierto, como todos sabemos, que los medios tienden a acudir al conflicto, y en la medida en que este existe está claro que debe ser cubierto informativamente y ser ofrecido al ciudadano; pero los medios no deben olvidar su papel casi exclusivo en la construcción de la visión del mundo de la sociedad, y es importante que acudan ahora más que nunca a expertos, analistas, y periodistas testigos directos de lo que ocurre en los países en los que están desplazados, para permitirnos comprender que la generalización en el proceso de culpabilización al fanatismo al que asistimos, no sólo es equivocado sino que puede desembocar en un mayor odio e incomprensión entre occidentales y orientales.

Viajar desde la habitación

Siempre he dicho que lo que más echo de menos son lugares y personas que todavía no he conocido. Es muy reconfortante pensar en los viajes y experiencias que a uno le aguardan en la agenda invisible y desconocida que llamamos futuro. Cerrar los ojos e imaginar nuevos espacios, ciudades, paisajes… alivia el dolor de la cotidianeidad. Sería algo así como desplegar un abanico de colores en la imagen monocolor del día a día. Pero hacer un viaje no siempre es fácil, ni siquiera resulta posible para mucha gente. Por eso algunos hemos tenido la suerte de descubrir placeres como los libros de viaje. Digo suerte porque yo no creo que la gente no lea porque no disfrute con la lectura, sino porque nadie les ha puesto un libro entre las manos y les ha enseñado a ver más allá de la tinta y el papel. Porque, tras un lunes de aburridas clases o de trabajo en la oficina, ¿a quién puede no apetecerle subir en un pequeño bote y recorrer el Amazonas, extasiado de color, vida y aventura? ¿O descubrir los placeres al paladar y al oído que aguarda un abarrotado zoco árabe bajo un sol que derrite el alma? Nada más apetecible, ¿no es verdad? La literatura de viajes es tan antigua como la propia literatura, porque en realidad la literatura siempre implica un viaje. La Odisea, la Ilíada, la Eneida, lo que conocemos como primeras grandes novelas, ofrecen al lector viajes maravillosos. Después, en mi biblioteca, estarían las novelas de aventuras del XIX, que surgen en el contexto de la euforia exploratoria y conolianista de la Inglaterra victoriana, con Kipling, Conrad, Stevenson…novelas donde la idea del traslado, del recorrido de un lugar conocido y seguro a otro donde aguardan las más temibles amenazas, es leit motiv.

Y finalmente los libros de viajes actuales, ya mucho más cercanos al periodismo, reportajes en los que el escritor describe las experiencias que le ocurren en el lugar al que se ha desplazado. En estos libros son fundamentales una buena capacidad descriptiva y un amplio conocimiento de la historia y cultura del destino. Cuanto mayores sean éstos, más bueno será el libro y más disfrutará el lector. En mi casa ahora vivimos una especie de fiebre por Javier Reverte, un excelente viajero-contador que cuenta en su pasado, por el que cualquier “proyecto de periodista” como yo siente una enorme sana envidia, con viajes por toda África, el Amazonas, América, reflejados en reportajes y novelas de gran éxito además. Así que, mientras no podamos, por una razón u otra, emprender fascinantes viajes, visitar otras ciudades, adentrarnos en otros bosques, escuchar nuevos acentos y respirar otros ambientes, es un alivio recordar que con sólo abrir un libro, nuestras habitaciones salen por la ventana, se elevan hacia el cielo, y nos llevan adonde pidamos sin nada a cambio más allá de un poco de tiempo e ilusión.

12.12.05

Virtud y pecado: crítica literaria de 'El retrato de Dorian Gray'


Lo que el inefable lord Henry considera belleza y virtud, es lo que la sociedad de su momento consideró pecado, y lo que los bienpensantes creían malvado era precisamente lo que más deleitaba al mentor del bello y pecaminoso Dorian Gray. La magistral novela de Oscar Wilde es el cuento romántico y decadentista de un Príncipe Azul con una sola dama a la que salvar: la incorruptibilidad de su hermosura a pesar de la gratificación sin límites de su espíritu. Es eso y mucho más: es una novela donde el arte y la estética ocupan un lugar privilegiado, es una novela sobre la bondad y la maldad, la vida y la muerte, sobre las obsesiones y el grave precio de nuestros deseos. Veneno y perfección tan aptos para amantes de la literatura como inadecuados para almas moralizantes.

El retrato de Dorian Gray es en esencia un cuento romántico (en el sentido genuino de romanticismo): un joven tan bello que consigue mediante un conjuro conservar para siempre su don; un retrato con alma que acusa en su dibujo los pecados que aquél a quien representa comete; horrorizado por cuanto delata el retrato, el adonis pecador acuchilla el lienzo, pero entonces el conjuro se rompe, las pruebas del mal pasan a su cuerpo, que envejece al instante, y la daga en su mano pasa ahora a atravesar su corazón… Se percibe incluso un espíritu de relato antiguo y oral por el componente sobrenatural y por el ajusticiamiento de los participantes en algo tan cuentístico como un hechizo para conseguir la belleza eterna. Pero Wilde consigue complicar y enriquecer este argumento nuclear hasta convertir el texto en una novela multidimensional: en retrato de la aristocracia y la hipocresía que lord Henry se encarga de airear a través del cinismo; de la decadencia de un hombre en la sordidez de los pecados; de los lujos y excentricidades culturales de la alta cuna; de las obsesiones y la tragedia de poseer virtudes únicas; el autor lo transforma en una reflexión sobre el arte y la estética, la bondad y la maldad, la inocencia y la corrupción, el paso del tiempo, el amor, la vida y la muerte.
La escritura y el estilo no están al servicio de la trama, no al menos exclusivamente, sino que tienen identidad propia y una función en sí mismos: la que dicta la premisa estética del arte por el arte a la que se adscribió Wilde, es decir, la de alcanzar la perfección. Y así cada página de El retrato es una joya literaria, y cada frase una preciosidad lingüística. Dos elementos resultan especialmente reveladores en este punto: las descripciones, excesivas, riquísimas en detalles, a la manera en que una pintura describe lo que retrata, y donde si aparece lo horrendo es sólo como contraste a lo bello; y los diálogos, donde se acusa la huella del dominio del género teatral que tuvo Wilde, que sirven al lector para conocer el alma y la ideología de cada personaje, desde el más inocente al más deleznable, y en los que se contienen ideas de tan alta genialidad como para merecer haberse convertido en aforismos que han pasado a la historia y que siguen sacudiendo nuestras más severas convicciones o dejándonos con una sonrisa helada en el rostro. La cantidad de frases brillantes que aparece en la novela en boca de sus personajes, especialmente en Harry, es, por una parte, única en la literatura, y después, un sello distintivo de las obras de Wilde, con especial importancia en las teatrales.

6.11.05

Match Point
¿Si tuvieras que elegir entre la riqueza y la belleza; entre una mujer correcta, guapa pero sin alardes, que te asegura un empleo prestigioso, el mejor piso de Londres, una familia estable hasta el fin de tus días, ópera, regalos, mansiones, conductores particulares, y otra, aspirante a actriz, sin una película a sus espaldas, sin proyectos a la vista, rechazada, fracasada en sus aspiraciones, pero tan guapa, tan extraordinariamente atractiva, tan poderosa en su belleza, sensual bajo su dominio, como para hacerte enloquecer; si tuvieras que hacerlo, hasta dónde serías capaz de llegar para resolver el dilema? El protagonista de Match Point (lo mejor de Woody Allen desde hacía tiempo) llega demasiado lejos, hasta transgredir sus propias normas: elimina una de las dos opciones, para así no tener que elegir, aunque en su golpe de raqueta se esconda inevitablemente una elección. La que era un cordero con piel de lobo sale perdiendo, víctima al fin, y al espectador le cabe suponer que el culpable pagará por sus actos, ya sea mediante la justicia, ya mediante la conciencia, pero se le escapa un factor que debería haber tenido en cuenta desde la primera escena: la suerte. Cuando, tras el golpe de raqueta, la pelota tropieza con la red y queda suspendida en el aire, el jugador tiene las mismas posibilidades de que caiga en terreno propio y de que lo haga en el ajeno. Que ganemos o que perdamos queda al margen de todo, incluso de nosotros mismos. Sobre todo, de nosotros mismos. Clásica historia de infidelidad en un principio, Match Point va más allá y nos presenta, en el ambiente de la alta burguesía inglesa retratada con ironía sutil, una historia conmovedora e impactante sobre las pulsiones y prejuicios que mueven nuestros actos, sobre la traición del deseo y la libertad por aquello que nos conviene, sobre la debilidad humana y lo incierto de nuestro destino.

3.11.05

El nuevo Anthony Perkins
Viernes, 11 de Septiembre
18:45
Dejó el guión, incapaz de concentrarse. Miró a través de la ventana el sol turbio. Se lamió las heridas y despidió al pasado.
18:58
Se puso la chaqueta, acabada de comprar, y se fue mirando en los espejos de la casa, recién duchado, coqueto. Salió y en cinco minutos ya había arrancado el coche, un todoterreno flamante de color plateado.
19:09
Pagó más de la cuenta, como de costumbre, quédese con el cambio, sobrado, altivo, y dirigió sus pasos hacia la cafetería, con el porte y la dignidad que sólo una celebridad puede mostrar.
19:15
Estiró el cuello y levantó la cabeza, como oteando un horizonte imaginario al recibir las primeras miradas. Sí, sí, es él. Imbécil, me cae fatal. Qué guapo es. ¡Que no, pídele tú el autógrafo que me muero del corte! Se sentó, y después del primer gin-tonic, empezó a esperar.
20:46
Anocheció. La vio entrar: labios rojos, tacones de diez centímetros, chasquido de collares y pulseras, vaho de humo y perfume. Lo de siempre, cielo. Entornó los ojos y evocó el pasado poco a poco, los párpados lo bastante alzados como para recorrerla de arriba abajo, con parsimonia, deleitándose. Se sintió bien, de nuevo, casi más que el primer día que la vio. Entonces lo decidió.
22:01
No grites mami, no patalees, pórtate bien mamá, ¿no sabes quién soy?, ¿no ves quién soy, mamá? Sube al coche, no me arañes más, mamá, me estás arrancando la piel y te voy a tener que pegar, mami, ¿ves?, ya has conseguido que te pegue, pero lo hago por ti, por los dos. Qué bien, los dos juntos de nuevo. Qué bien, mamá. Juntos de nuevo, mamá, después de aquello tan feo que pasó, tú tan palidita y fría, tan lejos de este mundo, yo lloré tanto, mami, pero ya está, mamá, ya pasó, has vuelto y estamos juntos de nuevo.
Martes, 13 de Diciembre
08:00
A partir de entonces el teléfono empezó a sonar más, le dieron más papeles, pero los críticos dijeron que había perdido brillo, que ya no era el chico de mirada atormentada de antes, cuando en alguna revista de cine lo bautizaron como "el nuevo James Dean". No importa, ¿a que no, mamá?, No, hijo, qué va a importar. Y ella se miraba las muñecas atadas, las piernas atadas, y aprovechaba que él se contemplaba en el espejo, recién duchado, coqueto, para llorar en silencio, siempre en silencio, no se fuera él a enfadar. (A. F.)
Homenaje inevitable (y recomendación)
Estoy convencido de que hay escritores que escriben mejor, pero pocos me fascinan tanto como Espido Freire, quizá por los universos simbólicos en los que me sumerge, apenas sugeridos, bellos e inocentes y por tanto temibles. He leído ocho de sus trece libros, y si he de recomendar los mejores, serían sin duda Nos espera la noche y Juegos míos. El primero se nos presenta de forma irresisitible: "En Gyomaendrod, un país traicionado por el amor y la ambición, donde los sentimientos vencen sobre la razón, cinco familias luchan a fuego y espada por el poder y las alianzas con las mujeres más codiciadas. Sentiremos sobre nuestra piel la ternura de Sibila, la fuerza de Thonolan o la palpitante juventud de Lautaro". El segundo es una recopilación de relatos deliciosos y desconcertantes, flechas afiladas que apuntan directas a la conciencia y consiguen estremecernos; escenarios repletos de símbolos que desafían y nos dejan con una sonrisa helada cruzada en el rostro.
Recomiendo además visitar su recién estrenada página web, con un cajón lleno de textos que guardan, como siempre en ella, sopresas (podéis pulsar sobre la imagen para acceder directamente)

Tierra de colinas huérfana


Dos luces centellearon en la oscuridad y se apagaron en el interior de sus estómagos. Se clavaban las navajas en sendas almas. Quietas, estáticas, sólo el mango y la mano de cada asesino al descubierto. Temblaban sus rodillas, resollaban sus pulmones heridos de muerte; las piernas sin fuerza de Boijo y de Rasnikva iban cediendo al peso de sus cuerpos desfallecientes, sin perder de vista los ojos a pocos centímetros del atacante, fuera de sus órbitas. Boijo se había abalanzado sobre el joven Fireyed dispuesto a solventar el duelo cuanto antes: asiendo su garra de metal con la seguridad del psicópata, corrió bramando la escasa distancia que les separaba y asestó el último golpe. Había cumplido con su deber, el mandato de su amada Dieborn, pero tuvo que pagar el grave precio del acero de Fireyed. Un nuevo episodio de odio y barbarie se había escrito en aquellas tierras de muerte, la Historia maldita se ampliaba una vez más para la eternidad y se seguiría ampliando. Boijo Madman, rescatado por Los Últimos Aventureros, alcohólico y desquiciado de amor; y Rasnikva Fireyed, descendiente de húngaros, salvaje violador y padre de dos criaturas, una fallecida y otra en camino, cayeron desangrados sobre el herbaje ámbar de la Colina de la Calavera resolviendo sus propios destinos y los de otros seres cercanos: los destinos de Sara Dieborn y su criatura muerta al nacer, y los de Nicola Outbeterblud y el bebé en su vientre. Dejaron de latir los corazones, se cerraron los párpados de los ojos y soltaron los puñales las manos que los dirigían, ahora flácidas y frías. Todo estaba cumplido. (Extracto de Tierra de colinas huérfana) (A. F.)
Castabule y el libro de ninfas

I
Bajó la mirada y vio a la sexta sirena. Estaba morada e hinchada, enredada en una mortaja de algas resbaladizas. Castabule mudó su sonrisa en una mueca de espanto. Las cinco sirenas rieron como cortesanas. Intentó salir del agua, que era amarilla, pero la sexta sirena lo agarró por el tobillo. Castabule gritó y las cinco sirenas rieron más, para luego sumergirse lentamente en su propio reflejo y desaparecer. La sirena muerta fue subiendo por las piernas de Castabule, y conforme salió a la superficie, fue transformándose en una beldad de rizos de henna y ojos esmeralda. Le hizo el amor y luego se despidió:
- En el arte se encuentra la verdad que cada cual busca- susurró con su mirada fija en la de él. Pronto recuperó su forma natural, inflada e inerte, enredada en su vestido de plantas acuáticas para la eternidad.
II
De no supo dónde surgió un grupo de cuatro niños, vestidos en tonos alegres, royendo con sus dientecitos afilados una mazorca de maíz tostado. Los observó confundido y curioso, hasta que los cuatro niños miraron al cielo al mismo tiempo, serios y expectantes. En cuestión de segundos cayó un hada desde una hélice de astros y se precipitó contra el círculo de tiza –yo también caí, se dijo-. Los niños la ayudaron a levantarse, la rodearon sin dejar de mirarla, le arrancaron las alas y luego la apedrearon hasta que murió. Cuando Castabule se acercó, el hada exhaló su último aliento diciéndole:- El arte nos revela los secretos que buscamos- Tras esto, vislumbró dos torrentes de gusanos en dirección al cuerpo del hada y huyó corriendo.
III
Subieron a la hereje a un pedestal de madera rodeado de una falda de ramas a modo de hoguera. Gritaba y gritaba, y Castabule se ahogaba de horror. Una paloma blanca con un ramillete de olivo entre el pico surcó un océano partido en dos y se posó sobre una gárgola de la catedral. Las agujas del campanario marcaron uno, dos, tres segundos, la paloma descendió en picado, soltó de sus garras un pergamino incendiado y quemó viva a la hechicera. Antes de que la superficie se volviera a tragar a la multitud excitada, el fantasma de la bruja, un espectro de llagas y rostro de gelatina, se plantó ante Castabule:- Ésta y no otra es la senda hacia la magia libertadora del arte- dijo mientras se ahogaba, señalando un camino que se fue dibujando sobre el azafrán (Extracto de Castabule y el libro de ninfas) (A. F.)